Un espiral de caos perfecto
Los triángulos en mi vida
El triángulo. El polígono de tres lados, compuesto por la conexión de tres líneas rectas cerradas, cuyos ángulos internos suman a 180 grados. El triángulo, el polígono con menos lados existente. La base de la arquitectura, presente en todo momento a lo largo de la historia. La figura reconocida por su rigidez y balance. Para mí, estas no son sus únicas definiciones.
Para mí, un triángulo no es esa figura geométrica que tanto veo dibujada con tinta borrable en el tablero del salón. No es aquella que a través de los años sigo viendo con mis ojos cansados de tanto pensar y analizar cómo despejar el ángulo desconocido en la ecuación. O bueno, a veces, cuando no me concentro en los pensamientos que se encuentran en la parte de atrás de mi cerebro, si lo es. En realidad, para mí, el triángulo es incertidumbre, es duda. Para mí, el triángulo es un concepto inborrable que a veces me atormenta: caos.
A medida que nuestras vidas avanzan nos encontramos en el medio de triángulos, algunos más grandes que otros, unos con ángulos rectos y otros con obtusos. A veces me encuentro en medio de varios triángulos que de alguna manera se entrelazan, conectándose inconscientemente en el medio de mi mente, ahogándome. El tiempo: pasado, presente y futuro. Una unidad que es incierta, un concepto difícil de explicar. ¿Qué es el presente? Al fin y al cabo, el ahora dura menos de un segundo. Surge otro pensamiento confuso y encuentro otro triángulo: ver, actuar, y pensar. Tres verbos que, aunque muy similares, si los confundo puedo terminar lamentándome y culpándome hasta terminar escapando de mí misma. Reír, llorar y amar. Tres vertices conectadas por líneas extremadamente marcadas en mi mente. Al fin y al cabo, la vida consiste en amar, pero, ¿acaso se puede amar sin reír o llorar? Sin catetos no hay hipotenusa. Vida, muerte, y nacimiento: tres instantes que definen nuestro día a día a pesar de que intentemos manipularlos para cambiar este hecho. Esfuerzo, fatiga, descanso. No sé si el descanso es merecido si la fatiga no viene de un esfuerzo específico.
A continuación los triángulos que más me atormentan: el ser, el querer ser, y lo que fue. Nunca estoy segura de cuál es cuál, a veces siento que soy lo que ya fuí, y a veces, cuando me domina la impotencia, una voz me susurra que no soy lo que quiero ser. En realidad, la mayoría de veces no sé como definir el concepto “soy”. Tal vez el triángulo más grande del que me encuentro en el medio en este momento es: lo inesperado, lo planeado, y dejarse llevar. Me cuesta dejarme llevar, pues me aferro excesivamente a lo planeado. Otras veces, me fatigo de tanto pensar que termino volviendo lo inesperado en mi confidente, lo cual me hace temblar de miedo: “que pase lo que tenga que pasar”.
En medio de estos triángulos me encuentro todos los días, pues soy esclava de la indecisión e incertidumbre que no me dejan elegir una línea recta por la cual caminar.Lo más extraño es que todos se conectan, volviéndose en la razón por la que me cuesta dormir. Cuando pienso en estos triángulos en realidad no pienso en triángulos. Lo primero que se me viene a la mente es un espiral. Espiral que se convierte en remolino arrazando con todo lo que se le atraviesa a su paso. Un espiral que es formado desde aquellas líneas rectas que conformaban aquellos triángulos, pues todos se conectan, formando figuras totalmente imperfectas en las que, en cierto modo, encuentro comfort. Si intento decifrar los triángulos de nuevo, mi mente se inunda de pensamientos que me atormentan. Mi memoria se desvanece y me nublo en medio de aquel espiral. Al conectar los triángulos, algunos no encajan, lo cual, de alguna manera, me recuerda que mi vida está compuesta por caos, un caos que no es necesariamente ´malo´.
El triángulo, aquella figura que parece ser perfecta, totalmente estable, conformada por líneas rectas y ángulos internos que suman a un número fijo, se transforma en todo lo opuesto cuando te pierdes en medio de sus líneas, encontrando caminos ocultos. Caminos descentrados que, si los miras detalladamente, se convierten en un espiral, una figura que representa el infinito, que produce manos sudorosas, que acelera las palpitaciones por minuto hasta el punto de sentir que se te sale el corazón. De la perfección surge el caos, y en realidad, lo que se llama perfección es caos enmascarado. Al descentrarse, de tres vértices surgen líneas infinitas, deformes, capaces de engañar a los propios ojos creando una sensación de vértigo intermitente. Nosotros nos encontramos en medio de este caos, de este espiral de pensamientos que nos consume más y más a medida que el tiempo pasa, formando un nudo en el estómago. El triángulo es el claro ejemplo de que la percepción que se tiene sobre un aspecto depende siempre de la perspectiva que se tenga sobre este mismo, pues nunca existe una única verdad.
Solo puedo decir que somos capaces de elegir el tamaño y ángulos de nuestros triángulos, afectando la composición de los espirales formados por estos. Miles de figuras se pueden formar a partir de esto, figuras que, aunque a veces inesperadas, terminan engañando a la mente de manera que se logra encontrar la belleza en medio del caos, formando una obra maestra enfocada en el impulso de confiar en lo incierto. Siempre seremos un instante atrapado en medio de esta composición de triángulos engañosos, y el arte está en aprender a vivir con esto. Al fin y al cabo, los triángulos siempre nos amenazarán con sus vértices, y los espirales nos observarán con sus ojos, tan profundos que hacen temblar, pues nadie quisiera caer en su engaño.
Al hablar de los triángulos en mi vida me lamento, pues siento insuficiencia al saber que en este texto no hay nada más que caos intentando ser ocultado con palabras, lo mismo que pasa con aquellos triángulos, que, en vez de palabras, lo ocultan con sus líneas rectas hasta el punto de estas mismas volverse imaginarias.
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